MIS OVEJAS

En el Evangelio de San Juan, en el capítulo 10, y los versículos 27 y 28 leemos los conocidos textos que dicen: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.” Entresacamos estas palabras de una conversación que tuvo Jesús con algunos de sus conciudadanos en medio de una fiesta importante. La pregunta que le hicieron resulta interesante (v.24) Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente. Aparentemente buscaban conocer la verdad, pero lo hacían sin sinceridad; Jesús les responde (v. 25) que Os lo he dicho, y no me creéis. Hoy día sucede exactamente igual: muchos quieren tener un conocimiento intelectual de Dios y no acercarse, de corazón, a la realidad de Su persona. ¿Por qué no creían? (v. 26) porque no sois de mis ovejas. La realidad espiritual, como hemos repetido en otras ocasiones, se divide únicamente entre los que son de Cristo y los que no le pertenecen. En el infierno habrá muchos que conozcan intelectualmente a Dios pero que, al igual que estos judíos, no quieren creer en Él. En el infierno habrá muchos que estuvieron a punto de creer, como el caso del rey Agripa (Hechos 26:28) quien reconoció a Pablo: Por poco me persuades, me convences, para ser cristiano.

Quisiera, pues, pensar en esta ocasión en la realidad de las palabras que dijo Jesús y que acabamos de leer.

El ser humano es comparado a una oveja a lo largo de las páginas de la Biblia; al igual que la oveja no puede caminar hacia atrás, nosotros tampoco podemos volver atrás en nuestra vida; probablemente nos gustaría quedar anclados en una etapa hermosa de nuestra existencia: quizá nuestra niñez, tal vez nuestra juventud, acaso en unas jornadas felices; pero bien sabemos que esto resulta imposible. Todos caminamos hacia adelante en nuestra vida y las horas transcurridas no las podemos, por mucho que nos fatiguemos, recuperar: han volado.

Cristo hace, pues, una nítida distinción entre ovejas y ovejas: las que no son mis ovejas (v. 26) y las que si lo son (v. 27). Todos los seres humanos nos hallamos en uno de los dos grupos; es imposible no estar en ninguno, a la vez que también es imposible estar en los dos. Cuando el Señor hace esta distinción señala directamente a la cruz del Calvario. Para ser oveja de Dios Jesús tuvo que pagar el precio de nuestra compra: su sacrificio en la cruz. Aquel que diría más tarde que su alma estaba triste, subió solo llevando su cruz. Creo que estas palabras llevan el acento del Gólgota. Israel, el pueblo escogido por Dios, rechazó al Mesías, a Jesucristo. Sin lugar a dudas las palabras del mismo evangelio 1:11 son descriptivas: a lo suyo vino (a buscar y salvar a los que por fe se acercan a Él) y los suyos (Israel) no le recibieron.

Sigue diciendo Jesucristo que mis ovejas oyen mi voz. Estas palabras definen la relación de las ovejas con su Pastor. No es simplemente que el rebaño le pertenece sino que Él habla con su pueblo. No creemos en un Dios alejado del hombre, sino que creemos y entendemos que Dios sigue hablando al hombre a través de Cristo (Hebreos 1:1-2). Dios no es ese ser mudo que nos han querido y quieren pintar muchas veces y que no se revela al hombre. Las ovejas oyen, es decir, que las personas entienden que Dios habla; esto nos indica la responsabilidad de cada persona. En línea alguna de la Biblia encontramos que Dios hable para que nadie le escuche. Fijémonos que lo que oyen las ovejas es mi voz, lo cual nos habla de fidelidad. Según nos dice algún comentarista, el verbo oír conlleva la idea de entender, es decir, que lo que mis ovejas oyen, lo entienden perfectamente porque es mi voz.  Pero maticemos algo más: el verbo oír se encuentra en presente; el hecho de oír no es algo pasado o futuro sino que sucede ahora porque él habla ahora.

Y sigue diciendo y yo las conozco. Creo que esta es una de las grandes cosas por las que los creyentes tenemos motivo más que suficiente para agradecer a Dios su bondad: nos conoce individualmente. No creo que para Dios yo sea un número sino que soy una persona a la que conoce. La realidad de su conocimiento es diaria, al igual que su voz suena diariamente. Nuestra cara, nuestra persona, nuestra existencia no es que le suene a Dios, sino que la conoce. Por ello nos puede bendecir, nos puede ayudar, incluso por ello nos puede enviar el castigo. El sacrificio de Jesús en el Calvario no es algo abstracto por el pecado o por una humanidad sin nombre, sino que es real por el pecador y por cada persona que le acepta por fe.  Como individuos creyentes en Cristo, es decir, como ovejas formamos parte del redil que llamamos iglesia, pero siempre desde nuestra condición de oveja; no es el hecho de pertenecer al redil lo que nos convierte en oveja.

Es interesante notar que quien las conoce, según dice el mismo Jesús es yo. Agradecemos al Señor ese conocimiento personal que tiene de nosotros; permitidme decir que quien nos conoce no es una religión, no es el informe que una iglesia o confesión envía a Dios, sino que es el mismo trino Dios quien me conoce.Cuando pensamos en la inmensidad de la creación, en la majestuosidad del universo, cuando nos vemos tan pequeños ante una hermosa puesta de sol, cuando contemplamos que en medio de un desierto no somos más que un pequeño grano de arena o en medio de un bosque somos más bajos que muchos árboles, y pienso que a pesar de toda esa diferencia nos conoce Él personalmente ¿quién no se arrodilla?

Sigue diciendo el Maestro de Nazaret que aquellas ovejas que le pertenecen y oyen su voz, que las conoce personalmente le siguen. Evidentemente, como dijo Pedro tiempo antes en este mismo evangelio (6:68), ¿a quién iremos? Muchas personas en la vida siguen diversos caminos, diferentes derroteros; algunas siguen a un líder religioso o espiritual, otras emplean sus años en hermosos ideales, otras se guían simplemente de su intuición; sin embargo, el mismo Jesús plantea que sus ovejas le siguen. Esta es una característica indudable de cada persona que se dice ser hijo de Dios. Creo que esta expresión de Jesucristo debe hacer reflexionar a cada creyente: ¿sigo, de verdad, al Señor? Sé que todos tenemos defectos; cada uno poseemos una pequeña parcela en nuestras vidas que es tan íntima, que no dejamos que Cristo entre a ella; sin embargo la expresión de Cristo es tajante: mis ovejas me siguen.

Seguir a Cristo comienza con obediencia; es imprescindible en el ejercicio cristiano practicar la humildad. Sigue a Cristo aquel que, sabiéndose salvo, reconoce la autoridad de Cristo en su vida. Seguir a Cristo es emplear en el servicio a Él todo nuestro esfuerzo, toda nuestra ilusión, todo lo que (con limitaciones) somos.  Seguir a Cristo es hacer uso correcto y cabal de los dones que nos ha dado. Seguir a Cristo es gozar con los que se gozan, llorar con los que lloran. Seguir a Cristo es tener paciencia cuando los demás parecen haber perdido los nervios; aguantar cuando los otros dicen toda clase de injurias contra nosotros. Seguir a Cristo es cooperar con las otras ovejas para que el redil continúe su marcha por la cañada de la existencia; es ser instrumento útil en las manos de Dios y no obstáculo para el crecimiento del Evangelio, tapón para el desarrollo de otros dones, tropiezo a los que están junto a nosotros.Seguir a Cristo es caminar con Él.

Como os decía, tal vez hoy sea un buen momento para analizar cómo está nuestra vida en obediencia, en entrega, en servicio, en comunión con el trino Dios, en santidad. Muchas veces pensamos que es muy mala; creo que un ejercicio de reflexión y oración seria delante de Dios nos permitirá ver qué cosas no son positivas y qué cosas si son positivas (porque aunque a algunos les parezca mentira, también las tenemos).

Y yo les doy vida eterna (v. 29). Como antes decíamos, estas palabras también huelen al Calvario. Quizá en esta expresión tan sencilla se resuma (de poderse hacer) el objetivo de la venida de Cristo a la tierra: buscar y salvar lo que se había perdido. Es el mismo Jesús quien nos habla de la procedencia de esa vida eterna: Cristo. La vida eterna no es una teoría que creemos aquellos que somos ovejas de Jesucristo. La vida eterna no es una posibilidad que tenemos los creyentes en Cristo; la vida eterna tampoco es algo que, de forma misteriosa, recibimos en el momento de la muerte. Aunque parezca una locura a algunos, la vida eterna la tenemos todos los creyentes en Jesucristo, aunque todos tendremos que morir físicamente un día, si el Señor no viene antes (y no es que sea posible que Cristo venga, sino que es seguro que viene).

Hablar de la eternidad creo que siempre es aproximado.Permitidme decir que es, por así decir, lo que hay después que el tiempo termine. En la eternidad no hay tiempos. El tiempo es el intermedio entre la eternidad anterior (es decir antes de la creación del mundo y la existencia del pecado) y la eternidad posterior (aquella que habrá cuando el mundo termine).  En la eternidad hay dos únicos sitios: cielo e infierno. Aunque, quizá hoy esto suene a terminología religiosa, es, simplemente, la verdad más absoluta. La gran diferencia entre el cielo y el infierno es que en el cielo los que estemos será únicamente por los méritos de Cristo en la Cruz del Calvario; los que estén (y ojalá no fuese ninguno de los presentes en esta sala) en el infierno será por  haber rechazado los méritos de Cristo. La gran tristeza del infierno será esta: haber rechazado cuando se pudo haber aceptado.

Cristo dice que, a sus ovejas, les da ahora vida eterna. En el cielo no puede entrar nada mortal, por eso Cristo quiere que todos los hombres tengamos vida eterna; Él sigue ofreciéndola hoy a todos aquellos que por fe se acercan, reconociendo sus pecados, a su persona.

Fijaros que aquellos que reciben vida eterna no perecerán jamás. Esta es una de las más hermosas bendiciones de la vida eterna: no perecer. En el cielo habrá creyentes que llegarán, según 1ª Corintios 3:15, como por fuego; es decir, no de casualidad sino únicamente por la excelsa misericordia de Dios. Todos, ciertamente, los que vayamos al cielo lo haremos por la misericordia divina, pero si ponemos con nuestra vida el nombre del Evangelio en entredicho, estaremos impidiendo que Dios sienta gozo con nuestras vidas y… horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Abusar de la paciencia de Dios, lejos de ser una prueba de fortaleza humana es, más bien, una evidencia de la degradación del corazón humano. Querer manejar a Dios a nuestro antojo y capricho es desconocerle a Él y, precisamente, Dios mismo está interesadísimo en que le conozcamos.

Ni nadie las arrebatará de mi mano. Ello no quiere decir, entiendo, ni mucho menos que las ovejas estén exentas de la mirada, de la presencia del lobo, es decir, de Satanás. Hay muchos momentos en los que el Diablo trata de seducirnos de tal forma que nos salgamos de la mano de Dios; y caemos; aquel que antes decíamos que exclamó ¿a quién iremos? Luego negó a Jesús tres veces una noche al calor de un fuego; Jesús le había advertido que Satanás querría zarandearlos como a trigo y que caería (Lucas 22:31-32). Sin embargo eso no significó que Pedro fuese arrebatado por Satanás; reconoció su culpa y luego, como supongo sabemos, fue un auténtico baluarte del evangelio. Muchas veces cuando el dolor del pecado hace mella en mi existencia tengo que recordar esta frase de Jesús; a pesar de todas mis imperfecciones Cristo, por su misericordia y su promesa, me tiene en su mano.

¡Qué cinco consecuencias conlleva ser oveja de Dios!: 1º) y yo las conozco 2º) y me siguen 3º) y yo les doy vida eterna4º) y no perecerán jamás 5º) y nadie las arrebatará de mi mano. Ojalá estos cinco “y” sean realidad en cada uno de los presentes.

Jonathan Bernad
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